EL HIJO DE LA LAVANDERA. Arturo Barea, autor de "La Forja de un rebelde".

ROBERTO ROS CAÑAVERAL.

Huyendo de la represión -como miles de españoles-, enfermo, derrotado, Arturo Barea, que había abandonado España por uno de los pasos fronterizos de los Pirineos, llegó a Inglaterra procedente de Francia, donde malvivió durante un año, en marzo de 1939.

Barea se enamoró de la campiña y de las costumbres inglesas. Su vida allí, junto a Ilsa Kulcsar, la socialista austriaca con la que se había casado en 1938 tras divorciarse de Aurelia Grimaldos, le permitió cumplir su antiguo sueño de dedicarse plenamente a la literatura.

Uno se imagina a ese hombre afable, observador perspicaz, al que las convulsiones de la historia expulsaron de su patria, hablando con la gente, frecuentando The Volunteer, su pub favorito en Faringdon, compartiendo bebida y charla con los amigos, escribiendo.

Durante la guerra, desde mayo de 1937, por encargo del General Miaja, habló muchas noches como “La voz incógnita de Madrid”, emisión radiofónica que se escuchaba en el exterior, simultaneando esa actividad con su trabajo en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado y con la escritura.

Escribió la mayor parte de su obra en Inglaterra y sus charlas, dirigidas a oyentes del programa para América Latina del Servicio Mundial de la BBC, se emitieron desde 1940 hasta su muerte en 1957.

Cambiaron el paisaje, el escenario, el idioma; no pudo vivir en su país; el dolor, la herida incurable del exilio, la angustia por el distanciamiento absoluto de sus hijos, le acompañaron hasta el final pero Barea siguió siendo un hombre que sabía mirar y que necesitaba contarlo.

Aprendió lo esencial en su barrio madrileño: “Si (Lavapiés) resuena en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones. Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal como es”. “Esta es una razón. La otra es que allí vivió mi madre”.

La vida en Lavapiés, la humilde condición social de su madre, lavandera, su educación en un colegio religioso y los años viviendo con sus tíos, de clase acomodada, lo situaron en un territorio fronterizo entre dos mundos separados, enfrentados. “Así es que para insultarme, me ha ocurrido que los ricos me han llamado el hijo de la lavandera y los pobres me han llamado el señorito”.

“La forja de un rebelde”, su gran obra, compuesta por tres novelas autobiográficas, “La forja”, “La ruta” y “La llama”, es la minuciosa descripción de ese abismo social y de sus consecuencias, la fotografía de una sociedad entreverada de contrastes violentos. Barea escribió sobre su

vida para atender una necesidad personal, para ordenar el caos fragmentario que había en su memoria, y nos ofreció un retrato estremecedor de la realidad española durante las primeras décadas del siglo XX.

Quiso ser ingeniero. “Cuando yo sea hombre (mi madre) no bajará más al río y seré rico para que ella esté bien y tenga todos sus gustos”. Pero a los trece años, tras la muerte de su tío, abandonó los estudios y empezó a trabajar.

Quiso ser escritor pero el mundo literario estaba reservado para los ricos. De la Institución Libre de Enseñanza y de la Residencia de Estudiantes “estaba saliendo una nueva generación de escritores y artistas; yo creía que mi manera de pensar estaba de acuerdo con los fines de ambas instituciones, pero cuando intenté establecer un contacto me encontré con una nueva aristocracia que nunca había pensado pudiera existir. Una especie de aristocracia de la izquierda. Era tan caro ingresar en una de estas instituciones como en una de las aristocráticas de los jesuitas”.

Su vocación literaria, finalmente, empezó a abrirse paso en la guerra. El apoyo de Ilsa Kulcsar resultó decisivo: “escribí mi primer cuento sobre un miliciano en una trinchera”. “Se lo di a Ilsa y vi que le emocionaba. Si hubiera dicho que no era bueno, creo que no hubiera intentado volver a escribir”.

En Francia, durante los primeros meses de exilio, escribió “La forja”, la primera de las novelas de la trilogía; las otras dos en Inglaterra.

Los libros se publicaron en inglés. La primera edición en castellano –en Argentina- es de 1951. No se publicarían en España hasta 1977.

En una entrevista radiofónica para la BBC, un año antes de su muerte, Barea habló de la guerra civil, del exilio, de su necesidad de buscar las razones de lo ocurrido; quería saber “porqué había sido baqueteado”, como tantos españoles, y para ello acudió a sus recuerdos, narró su vida.

Admirado por Gerald Brenan, Raymond Carr, Gabriel Jackson o Hugh Thomas, George Orwell se refirió a Barea como “una de las adquisiciones literarias de más valor que Inglaterra hizo a raíz de la persecución fascista”.

Irving Pflaum, corresponsal en la guerra de España, escribió en el Chicago Times que su obra era “una contribución invaluable para el conocimiento de la España moderna”.

“La forja de un rebelde” empieza con la escena en la que se describe magistralmente el mundo de las lavanderas madrileñas. Pantalones inflados por el viento, secándose, “que se balancean colgados de las cuerdas”. Niños que corren, que juegan entre las hileras de las prendas, que se refugian “en el laberinto de calles” que forman las sábanas húmedas tendidas al sol.

Arturo Barea veía como muchos días su madre, la señora Leonor, rompía el hielo de las aguas heladas del Manzanares para lavar la ropa de los ricos.

Todo está ahí “La forja de un rebelde” no es más que el despliegue narrativo de esa mirada, la de alguien que se indigna ante lo intolerable, que se rebela.